
EL CHIQUI
-Ey parce, por la de atrás en 500 pesitos-
Ya logró su cometido, ir en dirección a su casa, bueno si se le puede llamar casa a un cuarto y una rústica cocina de madera.
Él saca la cabeza por la ventanilla del autobús y sus ojos parecen perderse en el horizonte de una ciudad asfixiada por el smog disfrazado de cuatro ruedas y de industrias prósperas. Sì, allá está la que en otrora fuera la ciudad verde y bien llamada “tacita de plata”, lista a engullirse a este trozo de vida que sueña, come y ríe. Sus piernas no alcanzan descanso y se bambolean en un jugueteo entretenedor, sus manos luchan por sujetarse al espaldar que está ante sus ojos tristes, en los que se dibuja la esperanza y el dolor físico. Dolor de un pasado tortuoso y esperanza con sabor y color de mango biche.
El lunes de pascua llegará a su colegio y contará a sus parceritos las traveaventuras de una semana santa corta para el descanso que se merece; “además con los mil pesitos que me sobran tendré que gastar en la tienda” ; ésos son los pensamientos que cabalgan por su pequeña, pero inquita mente.
El Chiqui, como todos lo llaman, lleva puesta una camiseta del mejor equipo de Colombia, Nacional, -¡Mi Nacional del alma!-, la cual parece perderse en su menudo cuerpo; una sudadera gris ratón y unos tenis que ocultan con vergüenza unas medias roídas por la falta de oportunidades de empleo de su familia –“ ¿por qué será que los pobres tienen menos oportunidades?-“
La verdad es que el Chiqui tenía el pasaje completo para pagar al conductor , pero la vida le ha enseñado desde pequeño, bueno si puede ser más pequeño, algo de economía y finanzas (y no precisamente en la escuela),…y por eso abordó el destino a su casa por la puerta trasera del bus.
Por un momento centra su mirada en el morral que duerme entre sus pierna, morral amigo del colegio y de sus paseos, porque eso sí él no lo abandona a donde quiera que vaya; de inmediato aprisiona el cierre con sus dedos y se abre la gran boca que guarda todo su equipaje: una pantaloneta cosida con los colores del arco iris, una camiseta amiga de los roedores, unos pantaloncillos como colador de fruta y dos tilapias que sin espabilar pareciera que se lo quisieran tragar; -Uy pensé que se me había quedado el pescado en casa de Mateo-
La verdad es que Mateo robó las dos tilapias del congelador de su mamá, para que El Chiqui le llevara algún presente a la suya después de las vacaciones que había pasado en su casa. -Como cuando uno sale por varios días de la casa debe llevar algo “los traídos”…-
Ya, más tranquilo, cierra la boca del bolso y continúa soñando con el horizonte y con la sartén que pronto estará ardiendo al pescado semanasantero que calmará un hambre atrasada de tiempo atrás, desde antes que empezará a nacer El Chiqui.
-Ey parce, por la de atrás en 500 pesitos-
Ya logró su cometido, ir en dirección a su casa, bueno si se le puede llamar casa a un cuarto y una rústica cocina de madera.
Él saca la cabeza por la ventanilla del autobús y sus ojos parecen perderse en el horizonte de una ciudad asfixiada por el smog disfrazado de cuatro ruedas y de industrias prósperas. Sì, allá está la que en otrora fuera la ciudad verde y bien llamada “tacita de plata”, lista a engullirse a este trozo de vida que sueña, come y ríe. Sus piernas no alcanzan descanso y se bambolean en un jugueteo entretenedor, sus manos luchan por sujetarse al espaldar que está ante sus ojos tristes, en los que se dibuja la esperanza y el dolor físico. Dolor de un pasado tortuoso y esperanza con sabor y color de mango biche.
El lunes de pascua llegará a su colegio y contará a sus parceritos las traveaventuras de una semana santa corta para el descanso que se merece; “además con los mil pesitos que me sobran tendré que gastar en la tienda” ; ésos son los pensamientos que cabalgan por su pequeña, pero inquita mente.
El Chiqui, como todos lo llaman, lleva puesta una camiseta del mejor equipo de Colombia, Nacional, -¡Mi Nacional del alma!-, la cual parece perderse en su menudo cuerpo; una sudadera gris ratón y unos tenis que ocultan con vergüenza unas medias roídas por la falta de oportunidades de empleo de su familia –“ ¿por qué será que los pobres tienen menos oportunidades?-“
La verdad es que el Chiqui tenía el pasaje completo para pagar al conductor , pero la vida le ha enseñado desde pequeño, bueno si puede ser más pequeño, algo de economía y finanzas (y no precisamente en la escuela),…y por eso abordó el destino a su casa por la puerta trasera del bus.
Por un momento centra su mirada en el morral que duerme entre sus pierna, morral amigo del colegio y de sus paseos, porque eso sí él no lo abandona a donde quiera que vaya; de inmediato aprisiona el cierre con sus dedos y se abre la gran boca que guarda todo su equipaje: una pantaloneta cosida con los colores del arco iris, una camiseta amiga de los roedores, unos pantaloncillos como colador de fruta y dos tilapias que sin espabilar pareciera que se lo quisieran tragar; -Uy pensé que se me había quedado el pescado en casa de Mateo-
La verdad es que Mateo robó las dos tilapias del congelador de su mamá, para que El Chiqui le llevara algún presente a la suya después de las vacaciones que había pasado en su casa. -Como cuando uno sale por varios días de la casa debe llevar algo “los traídos”…-
Ya, más tranquilo, cierra la boca del bolso y continúa soñando con el horizonte y con la sartén que pronto estará ardiendo al pescado semanasantero que calmará un hambre atrasada de tiempo atrás, desde antes que empezará a nacer El Chiqui.
Todo luchador encuentra su Mateo, y en este caso, Chiqui es un luchador... como todos en la selva de cemento y ruedas. Lástima que no haya mateo para tantos Chiquis.
ResponderEliminarcuando lees esto parece como si quien lo cuenta lo hubiese vivido
ResponderEliminares una historia muy interesante ya que es una historia tiene relacion con la vida real
ResponderEliminarGRACIAS POR SUS COMENTARIOS.
ResponderEliminarLA HISTORIA ES REAL Y LA VIVENCIE CON UN AMIGUITO DE MI SOBRINO MATEO.